Una verdadera economía libre



La reciente crisis internacional nos ha traído, indiscutiblemente, de vuelta al interminable debate sobre si la economía de libre mercado es el mejor modelo de desarrollo para la sociedad. Y la conclusión es tajante: es la única forma en la que las personas pueden mejorar su calidad de vida, rápida e innovadoramente. El ejemplo más plausible de lo que es una verdadera economía libre es Hong Kong. Por cierto, Hong Kong no es un país sino que pertenece a China, con la gran diferencia de que cuenta con un sistema propio de gobernabilidad y de derecho. Con un territorio 232 veces más pequeño que el del Ecuador, prácticamente sin ningún recurso natural y con una población de casi siete millones—uno de los lugares más densos del mundo, Hong Kong es uno de los mayores centros financieros del mundo.


Su receta no es ningún secreto, sino simplemente el rescate de la individualidad de las personas como único pilar para el desarrollo, la base de una economía libre. Es fundamental resaltar el rol que este territorio le ha dado al Estado, en contraste con lo que está sucediendo en el Ecuador gracias al maltrecho socialismo del siglo XXI. Primero, no se piensa en un Estado intervencionista en la economía sino en uno regulador y respetuoso. Pequeño pero vigoroso, que cumpla sus funciones esenciales y no interrumpa ni aplaste al individuo. Que, en palabras de Ayn Rand, responda a su razón primigenia de existencia: proteger a la gente de los criminales. Criminales no sólo de pistola y navaja, sino aquellos de cuello blanco que hacen de la revesa su práctica predilecta. Una tarea que ni siquiera los Estados Unidos han sabido cumplir correctamente, pues el caso Madoff y las prácticas de casino de los gerentes de las instituciones financieras quebradas, que sin ningún tipo de ética jugaban con dinero ajeno, fueron alentadas y no erradicadas a tiempo. Se sacrificó la propiedad privada de las personas, elemento intocable en una verdadera economía libre.

El segundo gran punto de éxito de Hong Kong es la planificación organizada y estructurada del Estado. Se tiene un sistema de poderes y contrapoderes que no da lugar a que el abuso del poder sea de la magnitud de la de los pintorescos dictadores latinoamericanos. El Poder Legislativo es elegido por voto universal, pero al Primer Mandatario lo elige un comité de 800 integrantes de todos los sectores del territorio, que a su vez, fueron elegidos para componer ese comité. Es curioso como dentro de este comité, además de encontrarse representantes del gobierno chino, la gran mayoría de representantes no son del sector político, sino de sectores como el empresarial, el religioso, el laboral y varios más. A simple vista el sistema puede parecer antidemocrático, especialmente por la lógica latinoamericana del plebiscito como forma de gobierno, pero lo cierto es que en el gigante asiático a funcionado extraordinariamente bien.

Así, con un Estado pequeño pero eficiente, con una organización del aparato estatal equilibrada, y especialmente, con el respeto irrestricto a la propiedad privada y a la libertad individual es como las personas surgen y los países se desarrollan. El gobierno debería voltear la mirada hacia Hong Kong y dejar de la política estrambótica y terrible de sus compañeros latinoamericanos. El clientelismo y el populismo no son buenas recetas.

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