El taxi no es de todos




"Súbase adelante por favor, que si va atrás me para la policía y me sancionan". 

Esa ha sido una de las frases más recurrentes que he escuchado en las últimas semanas tanto en Quito como en Ambato. 

Resulta que, ante la falta de taxis amarillos en las congestionadas calles de la capital y en las principales avenidas de nuestra ciudad, me he visto obligado a utilizar carros particulares que fungen de taxis ocasionales y que alivian así una creciente demanda de los ciudadanos en el trasporte citadino. 

Sí, me refiero a aquellos automóviles que cuando ven a un desesperado individuo aletear incesantemente para conseguir un taxi, utilizando una mecánica comunicación de luces le hacen saber que están disponibles para servirlo como transporte. No tienen distintivos y, muchas veces, ni placa. 

El desesperado personaje, normalmente atrasado o agotado por la espera inacabable de algún carro amarillo que lo asista, no duda en subirse al novísimo taxi con cierto recelo y desconfianza. Sin embargo, su vía crucis  no termina ahí. 

Todavía está sujeto a que el conductor quiera llevarlo a su destino y a que logre un acuerdo en el precio de la carrera. Lo que sí es un hecho es que se tendrá que sentar en el asiento delantero para evitar sospechas de los agentes de la ley. 

Si tuvo suerte lo logró, encontró alguien que lo lleve a su destino. Si no tuvo suerte, le tocará esperar más tiempo o cancelar su cita.

Las causas de este fenómeno se pueden explicar desde un punto de vista económico. La altísima demanda de taxis se debe a la ausencia de otras opciones similares en el mercado del transporte ciudadano. 

Quienes tienen auto, por ejemplo, y prefieren dejarlo en casa por los problemas para parquearlo, no miran al transporte público como una opción alternativa. Llevar una computadora personal o un celular inteligente en el bus o en el trole da miedo, sin duda. Esto motiva el uso de un bien similar al auto, que es el taxi. 

Por otro lado, la normativa municipal que limita el número de taxis que pueden operar legalmente en la ciudad, crea un desajuste en la oferta y en la demanda de transporte. 

Así, al limitar el número de taxis que pueden operar en un territorio específico mediante una obligación legal, simplemente se disminuye la oferta “visible” y la demanda no se satisface. Sin embargo, el mercado siempre genera una respuesta a través del injustamente vilipendiado mercado negro, el cual se encarga de cubrir esa demanda insatisfecha, generalmente de manera más costosa y riesgosa por encontrarse al margen de la ley. 

Así que la próxima vez que tenga que subirse a un carro que le hable con las luces, no le culpe al pobre conductor que trabaja sin papeles, sino a quienes hacen leyes sin la menor pizca de conocimiento económico. 


©Artículo publicado en el Diario el Heraldo. 21-05-2013

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