El Gran Hermano nos vigila a todos

La noticia de que el gobierno de los Estados Unidos vigila las comunicaciones de sus ciudadanos, y que puede hacerlo también con cualquier extranjero es muy preocupante. Ese país, y quien sabe cuántos países más en el mundo, tienen las suficientes herramientas y la infraestructura necesaria para saber la intimidad de las personas, sean éstos terroristas o no. Lo pueden saber todo. Llamadas, fotos, videos, mensajes de texto, mensajes de correo, sin excepción. 

Hoy es posible que los detalles familiares, laborales, políticos y hasta lo que nos gusta mirar mientras navegamos por internet, puedan ser conocidos por los Estados, o mejor dicho, por aquél funcionario estatal encargado de interceptarlos que, posteriormente, pasará un informe a su superior. Quien sabe a qué manos podrían llegar nuestros datos personales en la cadena de mando, si se la mantiene, porque fácilmente podrían llegar a conocimiento de cualquier delincuente con el dinero suficiente para comprarlos.
El espionaje con fines de “seguridad nacional”, palabritas mágicas con la que políticos estatistas justifican la intromisión en la vida privada de las personas, ha estado presente desde tiempos inmemorables en la historia humana. Hemos leído libros, visto películas y series sobre espías y nos hemos maravillado con sus técnicas y artimañas para detener a criminales. Sin embargo, el espionaje gubernamental que acaba de ser revelado por Edward Snowden, un trabajador de la Agencia Nacional de Seguridad norteamericana de 29 años, es algo que excede todo límite y que no tiene justificación alguna. Allí, sin el conocimiento de los usuarios de Facebook, Google, o de empresas telefónicas como Verizon, a través de miles de órdenes judiciales secretas (en EEUU existen tribunales secretos) y sin el aviso público al Congreso y al Senado de los Estados Unidos, se han intervenido las comunicaciones de miles de ciudadanos.

En Estados Unidos existe la presunción de que toda orden de registro (equiparable, en mi opinión, al registro de datos personales en el caso actual) debe tener una orden judicial. Sin embargo, que dicha orden sea emitida por tribunales secretos, a espaldas de la justicia pública que conocen las personas, rompe con la Constitución norteamericana y viola el derecho a la privacidad de cada individuo. Además, pasa por alto el contrato de privacidad de datos aceptado por cada usuario al momento de abrir una cuenta de correo electrónico o suscribirse a una red social. Creo que ningún usuario sabía, hasta este momento, que su información iba a ser registrada con la finalidad de “precautelar” la seguridad nacional. Al menos no los individuos inocentes, porque los grandes criminales terroristas seguro que lo saben y utilizan otros medios más discretos y menos detectables.

Estamos viviendo algo que George Orwell predijo en su novela “1984”. Una sociedad bajo el control de un Gran Hermano, en donde cada movimiento y conversación es susceptible de ser conocida por un ente al que le hemos delegado, entendiendo erróneamente el rol de los Estados actuales, toda la protección de nuestra seguridad personal. Los Estados, ni cortos ni perezosos, han sobredimensionado ese mandato y lo han llevado a niveles estratosféricos como el que ha descubierto el joven Snowden. Primero desarmaron a sus ciudadanos, quitándoles la capacidad de proteger sus vidas y la de sus familias, y luego montaron verdaderas ciudades de espionaje para saber cada llamada y mensaje que sale de sus celulares. Estos hechos, así sean denunciados por tipos como Snowden y justificados por gobernantes estatistas como Obama, nunca cesaran. Se trata de una puerta que luego de abierta no se cerrará nunca. Nos hemos preguntado entonces, ¿en qué momento cedimos tanto?. 

©Artículo publicado en el Diario el Heraldo (18-06-2013)

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