Entre gustos prohibidos y galleros entrenados

Vivimos un Ecuador de prohibiciones. Muchos gustos, aficiones y conductas que no hacen daño a otros individuos están prohibidas por leyes innecesarias y tontas que el poder público se ha encargado de proponer y ejecutar. De una de éstas me enteré hace algunos días al revisar el proyecto de ley de protección de animales que se debió votar la semana pasada en la Asamblea. Allí, encontré artículos y trabas absurdas a las que hasta ahora no encuentro justificación alguna. 

Por citar algunos ejemplos, si esa ley es aprobada (misteriosamente desapareció del orden del día legislativo), los galleros entraran dentro del menú estatal de trabas y prohibiciones. Ahora ya no podrán dedicarse libremente a lo que le gusta sino que deberán seguir un curso de técnicas de entrenamiento, solicitar una licencia de entrenadores a los municipios y registrarse como tales. Más aún, en éste patético proyectito incluso se prohíbe la venta directa de animales domésticos a niños y personas discapacitadas y se llega, incluso, a prohibir las ferias ambulantes de animales. Para todo esto la ley contempla una consecuencia: sanciones pecuniarias. Sanciones y más sanciones, no nos cansamos de prohibir cosas y sacar plata a los ciudadanos, porque créanme que algún precio se inventarán para otorgar, “magnánimamente”, la licencia al pobre gallero.

A pesar de que estoy convencido de que éste gobierno se ha encargado de prohibir más cosas que ningún otro en nuestra época moderna, el problema es mucho más complejo. Se trata de una institución -el Estado- que se ha acostumbrado a prohibir gustos y aficiones y, lo que es peor, ecuatorianos que se han acostumbrado a que les prohíban todo. Ojalá algún día entendamos que los únicos rectores de nuestros propios gustos y aficiones somos nosotros mismos. Que no necesitamos políticos “moralistas” o iluminados que decidan por nosotros lo que es bueno y lo que es malo, y que, además, nos sancionen cuando sus directrices no se cumplan. ¿Por qué tanta intromisión? ¿Qué le importa al Estado lo que hagan los galleros o los niños que compran esos pintorescos pollitos de colores a la salida de sus colegios? No debería importarle, o fingir que le importa para controlar cada vez más a sus ciudadanos. No debería prohibir que se tome cerveza los domingos. No debería prohibir que se elijan reinas en los colegios. No debería incitar a que se prohíban las corridas de toros o las peleas de gallos. Ni siquiera debería prohibir la publicidad de alcohol y cigarrillos, o incluso, algo que sonaría “saludable” para muchos, prohibir que se transmita el programa “Laura en América”. Para todos los que no lo saben, éstas y otras acciones están prohibidas o se las quiere impedir en el Ecuador. Debería saber el Estado que los ecuatorianos somos lo suficientemente inteligentes como para decidir que nos hace bien mirar o realizar, además, ¿dónde queda el derecho a equivocarse y aprender? A mí, en lo personal, me fastidia mucho que el Estado pretenda ser mi guía moral.

Es claro que nuestra libertad tiene límites cuando, por nuestras acciones, hacemos daño o perjudicamos a otros individuos. En ese caso, los afectados deben tener todas las herramientas para reclamar y buscar que se les repare ese daño. Así, el aparato legal (estatal o privado) se activa y solventa esa necesidad de justicia. Sin embargo, cuando nos referimos a los gustos y aficiones de cada uno, no encuentro muchas formas en que se pueda dañar a otras personas y tampoco justificativos para su prohibición. Con base en este razonamiento incluso la penalización de las drogas no tiene sustento. Por eso, la próxima vez que escuchemos prohibiciones o sanciones a los gustos de los ecuatorianos, no aplaudamos ni celebremos sino preguntémonos: ¿quién diablos le ha dado esa tarea al gobierno?

© Artículo publicado en Diario El Heraldo. 25-06-2013

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