Filibusterismo de pacotilla

Hace algunas semanas me emocionó mucho escuchar y seguir parte de la proeza legislativa que un excelente político norteamericano, Rand Paul, tuvo en el Senado de los Estados Unidos. Paul, hijo del también político y consagrada leyenda norteamericana, Ron Paul, habló de pie durante trece horas en el pleno de la Cámara para evitar que se vote por la designación del actual director de la Agencia Central de Inteligencia, John Brennan. 

Su hazaña, durante la cual no podía sentarse o ir al baño para no ceder la palabra y perderla, estuvo motivada por una carta en donde el Fiscal General   se refería a la potestad del Presidente Obama de usar aviones no tripulados en contra de ciudadanos en casos de terrorismo. Paul no encontró mejor forma de protestar, defender sus principios y la integridad del pueblo norteamericano que confrontar, de esa manera, el nombramiento de una autoridad y alertar sobre algo tan elemental como el no matar individuos con aviones fantasmas.

Esta técnica, conocida como filibusterismo, permite que se posponga la votación y un determinado tema no pueda volver a tratarse debido al ajustado horario con el que se fija la agenda legislativa. Exige, evidentemente, una gran capacidad de oratoria, estructuración de ideas, y, además, algo de estado físico. Lo interesante de Paul es que durante su intervención no dejó de hablar del tema central: los aviones no tripulados o drones, como se los conoce en inglés. No empleó, como otros políticos que también utilizaron esta técnica en debates pasados, la lectura de libros, agendas telefónicas o poemas para quemar tiempo. Habló, habló y habló. Y lo hizo muy bien, al punto de que su intervención fue una sensación en las redes sociales y causó mucho entusiasmo entre los jóvenes.

Me acordé de este interesante episodio de la política norteamericana al ver el pobre desempeño del primer debate que se llevó a cabo en nuestra Asamblea Nacional el pasado viernes. Fue algo realmente triste y vergonzoso. Desde una asambleísta que decidió leer toda su intervención, como si el debate parlamentario se tratara únicamente de darle tonalidades a la voz y repetir lo que algún asesor escribió previamente, hasta una cantidad de discursos que no tenían la menor coherencia lógica. El arte de no decir nada, o peor aún, leer y no decir nada. Y eso no fue todo, algunos leían de una inmensa pantalla de power point proyectada a todo el Pleno, ¡como si el debate fuera la presentación de un trabajo final en la escuela! Hasta los periodistas se reían incrédulos. Ese debate me confirmó que en esta Asamblea existen contadísimos legisladores que valga la pena tomar en cuenta. Parecería que la gran mayoría no sabe lo que implica estar en ese lugar o no sabe quienes estuvieron sentados allí hace muchos años. Difícil que esta Asamblea supere el nivel que tuvieron congresos como el de 1979 o el de 1990, que tenían entre sus integrantes a expresidentes, futuros presidentes, a los mejores oradores y a las cabezas más lúcidas y respetadas del Ecuador. En esos tiempos, leer un discurso no sólo estaba prohibido sino que era una demostración de ineptitud e inferioridad. Nadie lo hacía. Por suerte para los novísimos asambleístas ahora cada intervención tiene un límite de diez minutos, así que con tres hojitas de papel bien leídas y uno que otro alarido basta, se pueden llamar legisladores de la Patria.


© Artículo publicado en el Diario el Heraldo (4-06-2013)

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