Brasil 2014


El fútbol es, sin duda alguna, el espectáculo moderno que inunda nuestras televisiones, que entretiene nuestras conversaciones y que nos transforma en fanáticos irreconocibles.

Así muchos discrepen sobre su importancia en el mundo contemporáneo, difícilmente pueden cuestionar el gran impacto que tiene en todo el mundo, hasta en el más recóndito pueblito. Naciones completas se paralizan cuando juegan selecciones e hinchadas globales, diversas y multiétnicas, siguen en vivo y alientan a equipos de la talla del Real Madrid o el Barcelona de España. 

El fútbol es para todos. Para nuestra generación, el fútbol se asemeja a lo que el espectáculo de gladiadores y fieras fue para los romanos. Una medición vistosa de fortaleza, de estrategia, de pasiones y hasta de orgullo nacional. Se aplaude al valiente y al sacrificado y se condena al que no suda la camiseta. Son nuestros gladiadores modernos. Probablemente los grandes ganadores de hoy no tienen libertad alguna que obtener con su victoria, como en los tiempos romanos, pero sus habilidades los consagran en el imaginativo popular, se convierten en ídolos y en leyendas. Son aplaudidos y alabados, algunos inclusive, como el gran Diego, llegan a tener hasta su propia iglesia. 

No sólo nos gusta el arte, la gambeta y la adrenalina que el fútbol encierra sino que no tenemos otro espectáculo que compita con sus dimensiones. En estos días, ver un partido de fútbol de alto nivel, por ejemplo, en la Champions, significa ver a los mejores talentos de la tierra y cientos de millones de dólares en movimiento. La televisión y el internet han hecho que los equipos y los jugadores tengan seguidores en todas partes y su grado de conocimiento sea más grande que cualquier otro político o artista. Imposible que alguien no sepa quién es Messi o, en el Ecuador, quien es Valencia. Son los nuevos modelos a seguir y los sueños de todo niño que pelotea en los recreos.

Sin embargo, el fútbol, como toda actividad humana, tiene los vicios propios de las personas. La belleza de su juego no se salva de los engaños, las envidias y lo que es peor, la corrupción. El caso que está viviendo Brasil en estos momentos es un claro ejemplo. A raíz del multimillonario gasto estatal para la Copa del Mundo 2014, escandaloso e injustificado, la clase media brasileña destapó su cansancio con un sistema altamente corrupto y despilfarrador. Para cualquier ciudadano, las sumas exorbitantes que se han gastado en la preparación de este evento y que salen directamente de su bolsillo, son suficientes para hartarlo, para protestar. Es inentendible que un país gaste tanto en la adecuación de infraestructura para recibir el Mundial. ¿Era necesario tanto gasto? ¿Acaso los ingresos que recibirá por el turismo lo justifican? El precio de las entradas las convierte en un verdadero lujo para un ciudadano de clase baja. ¿Cómo se sentirá este ciudadano al saber que su gobierno gasta tanto dinero en estadios y edificios para que se jueguen unos partidos de fútbol a los que seguramente no podrá asistir por lo costosos que serán? 

La indignación de los brasileños llegó a tal punto que, inclusive en la final de la Copa Confederaciones, cuando su equipo le ganaba al campeón reinante del mundo, las protestas no cesaban en las afueras del estadio Maracaná. Los jóvenes aprovecharon el escándalo del fútbol para rebelarse y convocar a través de Twitter a gigantescas manifestaciones. Fueron ellos quienes pusieron la alarma mundial de lo que sucede en Brasil y como su imagen dista mucho del país que se vende al mundo. Sí, el fútbol es un espectáculo único, emocionante y artístico, pero en su nombre se pueden cometer grandes pecados. A través del fútbol también se mueven emociones y se manipula, 

©Artículo publicado en el diario El Heraldo. (2-07-2013)

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