La fiesta del ogrito regalón

Todos hemos vivido el trágico episodio de esas fiestas moderadas (de las que no son tan peluconas) cuando la comida y el licor se agotan y nos encontramos con las mesas vacías, únicamente adornadas con agua, cola y algún bocadillo raro que nadie se atrevió a comer. 
Los vigorosos asistentes, aquellos que todavía no han perdido sus facultades y siguen en el baile y la conquista, al ver que las cosas se agotaron se enfrentan al triste suceso de que la fiesta posiblemente se acabó. Puede ser que la música continúe y que el licor traído por algún prevenido y experimentado fiestero anime a unos pocos, pero el sentimiento es el mismo: ¿se acabó la fiesta?

De repente, en las últimas semanas podríamos interpretar algunas señales de que a los ecuatorianos parece que se nos está acabando la fiesta. Resulta que no ha sido tan pelucona como parecía y que los recursos ya no alcanzan. La primera señal ha sido el anuncio gubernamental de que el gasto burocrático tiene que moderarse. Esta medida ha traído consigo algunos damnificados como los empleados públicos, que ya no tendrán el almuerzo o “lunch” y, por ende, no podrán “lonchear” con presupuesto estatal (si se conjuga como en el sector público) y algunas instituciones públicas acostumbradas a realizar sus eventos en elegantes hoteles. A los primeros incluso se les limitará el presupuesto en uniformes y viáticos y a las instituciones les tocará hacer sus eventos en dependencias públicas. Según el representante de los servidores públicos, sólo en el almuerzo de los burócratas se gasta USD 800 millones al año.

La segunda señal ha sido el inesperado anuncio presidencial de eliminar el subsidio al gas. Gasto que le cuesta al Estado ecuatoriano unos USD 700 millones al año. Las dos señales son, en mi opinión, acertadas. Sobre todo la eliminación del subsidio al gas, que, si se llega a cumplir, solucionaría un problema que arrastra el Ecuador hace mucho tiempo.  Solo en estos dos rubros, se ahorrarían más de USD 1500 millones. Eso sí, tendremos que ver para creer, porque estas decisiones tienen todavía muchos obstáculos que sortear.

Esto, sin embargo, tiene que ser interpretado cuidadosamente. Debido al ADN que ha tenido este gobierno desde sus inicios, sería equivocado pensar que el excesivo gasto público finalmente va a parar. El gobierno tiene la errada idea keynesiana de que el gasto estatal tiene que ser el motor de la economía de un país y estoy seguro que la mantendrá hasta que culmine su ejercicio del poder. Difícilmente se cerrará la llave del gasto y el gobierno buscará financiamiento en donde pueda, al costo que pueda. A diferencia del “ogro filantrópico”, como Octavio Paz llamó al Estado mexicano, el Estado ecuatoriano es una especie de “ogrito regalón” que no se cansa de nutrirse de más impuestos y de los buenos precios del petróleo para gastar sin límites. Lo interesante es que estamos presenciando el engorroso momento en el cual el ogrito se dio cuenta que los recursos son limitados y que no va tener los bocadillos y el trago necesario para mantener felices a todos los invitados de su fiesta. Por la fuerza tendrá que cortar gastos mínimos para salir de aprietos cada año. Para su suerte, la situación política favorable que atraviesa actualmente le permite tomar esas medidas sin que el banquillo del poder se tambalee. Aguanta, todavía aguanta…

©Artículo publicado en el Diario El Heraldo (13-08-2013)

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