El próximo presidente


Donald Trump ya es el candidato republicano. Dejó de ser el presunto nominado al que algunos incluso pensaban cerrarle el paso y, oficialmente, competirá en noviembre por la presidencia de los Estados Unidos. Además, ya controla el Partido Republicano -que no es una cosa menor.

Me temo que también será el próximo presidente, por si algunos todavía lo dudan. A su favor juega un discurso poderoso que ataca el nervio de una gran población desesperanzada y molesta, una trabajada imagen que no tiene dos sino casi cuarenta años de exposición pública y una contrincante sorprendentemente vulnerable.

Que Hillary sea su adversaria es quizás su mayor ventaja. Con una imagen negativa apenas debajo de la propio Trump (el mayor obstáculo de un político para crecer y ganar) tiene una traba adicional contra la que luchar: no puede hablar de cambio. 

Ella no es el cambio. Es el continuismo de ocho años de gobierno demócrata. Y para colmo tampoco es Bill o Barack, magníficos animales políticos de campaña, sino sólo Hillary. La que ni emociona ni asusta. La que sólo está. La que siempre ha sabido sólo estar.

Trump consolidada su posición con un potente mensaje que recuerda al Nixon del 68 y con un magistral manejo de medios del que hasta el hábil Reagan podría aprender.

Lo que venga luego de la elección sí es pronóstico reservado. O pronóstico incierto, mejor dicho. Porque así como en campaña se puede decir cualquier cosa, en el poder la realidad es diferente. Y, por curioso que parezca, en el siglo XXI el presidente de la nación más poderosa del mundo tiene, en sus proporciones, menos margen de maniobra que el dictador de una república bananera. Eso sí, no voy a mentirles: me alivia no tener que votar en esas elecciones.

cc) Artículo publicado en el Diario El Heraldo (domingo 24 de julio del 2016)


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