Epitafio de Fidel


¿Qué se puede decir de Fidel? Evidentemente su figura genera opiniones divididas, incluso entre detractores como yo. Es que su aura inicial fue demasiado brillante y fulminante. 

Deslumbrante para cualquiera. Se hizo leyenda muy joven. Y mantuvo con habilidad y astucia hasta sus últimos días, además, el patriarcado indiscutible de la izquierda latinoamericana.

Él era, con todas sus contradicciones, la piedra de toque de los socialistas y los marxistas. El que revelaba quien era un verdadero revolucionario y quien era un fantoche. 

Porque Castro sí fue artífice de una, de una mala sin duda, pero lo fue. Y esa faceta representa, precisamente, la mayor fortaleza de su historia y su atractivo internacional. El viaje en el Granma, el combate en Sierra Maestra, el derrocamiento de Batista, en fin.

Ese episodio, que curiosamente nunca fue desfigurado con la destrucción posterior a la que llevó a Cuba con su régimen de oprobios y sufrimiento, por supuesto, es uno. Y es uno que en el imaginario popular le ganó un puesto. Nadie lo sacará de ahí.

¿Pero qué más se puede decir de Fidel? 

Que fusiló personalmente a inocentes y a rivales políticos. Que se robó el futuro de tres generaciones completas de cubanos y los dejó en la nada. Que condenó a uno de los países más prósperos de América a la pobreza extrema y a la desesperanza. 

Que fue creador, cómplice y alcahuete de aspirantes a tiranuelos y políticos sinvergüenzas. Que fue socio de maleantes y llegó a arrendar la isla al narcotráfico y al crimen organizado. Que tumbó a una dictadura para instaurar en su reemplazo una monarquía orientada a servirlo personalmente.

Todo eso se puede decir de Fidel, y mucho más. Hoy que lo lloren los que lo quieran llorar. Están en su derecho. Yo no lo haré.

cc) Artículo publicado en el Diario El Heraldo (domingo 27 de noviembre del 2016). 


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